Por qué cuesta tanto cambiar de creencias

Buena pregunta. ¿Cómo es posible que, a pesar de los argumentos, a pesar de la evidencia, las personas sigan erre que erre con una misma creencia? Piensa en esa sobremesa, ese amigo cabezón, ese cuñado que no cambia de opinión a pesar que otra persona en la mesa sea profesional en la materia…

La explicación de forma resumida es sencilla: nuestro cerebro prefiere la coherencia en lugar de la verdad. ¿Sorprendente? Pues así es. Tendemos a vernos a nosotros mismos como personas racionales, críticas, abiertas… y lo cierto es que somos todo lo contrario. Nos cuesta mucho cambiar de creencias por el coste que ello supone: incertidumbre, pérdida de sensación de control, vulnerabilidad… ¡Y todavía cuesta más cuando esas ideas están relacionadas con nuestra identidad!

Por este motivo, nuestra forma de pensar cuando recibimos información contraria a la que manejamos suele adoptar una actitud defensiva con tal de proteger las creencias iniciales. No nos gusta sentirnos mal. Nos produce malestar cuando manejamos dos ideas contrapuestas o cuando nuestro comportamiento es contradictorio. Este fenómeno se conoce como disonancia cognitiva y fue formulada por primera vez por Leon Festinger en 1957 en su obra “A Theory of Cognitive Dissonance”.

Para neutralizar el malestar que produce la disonancia justificamos, minimizamos… y nos apoyamos en la herramienta de los sesgos cognitivos: atajos mentales que utilizamos para procesar rápidamente la información. Son automáticos, inconscientes y nos sirven para ahorrar esfuerzo… pero también pueden llevarnos a errores de interpretación, conclusiones equivocadas y, sobre todo, a proteger creencias aunque no sean correctas.

Un ejemplo claro es el del fumador:

Idea inicial: Aunque fume estoy aceptablemente sano. Si fumo con moderación no está tan mal.

Estímulo: en una conversación alguien dice que fumar es malo, que causa enfermedades.

Respuesta/resultado: Disonancia cognitiva. Estrés, Malestar.

¿Cómo neutralizo este malestar?

Minimización, justificación: “solo fumo 5 cigarrillos al día, hay gente que fuma mucho más”. “Mi abuelo fumaba y falleció con 90 años sin cardiopatías”

Resultado: alivio, refuerzo la idea inicial.

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