Por qué romper con lo familiar cuesta tanto
Cambiar duele más cuando se trata de cómo nos percibimos
Las creencias identitarias suelen estar muy protegidas. ¿Por qué? Muy sencillo: son las que más pupa hacen. Tendemos a protegerlas porque la carga emocional que llevan es elevada, se han construido a lo largo del tiempo y dan coherencia a nuestras decisiones pasadas, entre otras cosas.
Cuanto más central es una creencia más dolor produce la contradicción porque no solo está en juego la idea: está en juego quién creo que soy. Por ese motivo, muchos cambios profundos (creencias políticas, autoconcepto, ideologías) suelen ser lentos y generan resistencia.
Típico ejemplo de pareja que ha caído en la rutina y que ha perdido la chispa.
Supongamos que la familia, la lealtad y la honestidad son valores identitarios para esta persona. Sin embargo, eso contrasta con el hecho de dejarse engatusar en un momento dado (a quién no le va a gustar un baptisterio romano del siglo I…). Alguien que se ve a sí mismo/a como “ético” puede experimentar más disonancia (y en consecuencia malestar) en esta situación, que otra persona que no tiene esos valores como pilares identitarios.
¿Cómo puede reducir el malestar de la disonancia? De varios modos. Por ejemplo:
Puede minimizar: “solo estábamos hablando, no he hecho nada”;
Añadir justificaciones: “fue el otro quién empezó la conversación, yo solo la seguí”
Ajustar la creencia: “todos se han sentido atraídos por alguien alguna vez”
O puede reducirla…
Cambiando de conducta: “Voy a evitar situaciones ambiguas con esta persona”;
Reconocer la emoción para resaltar su valor: “Si he experimentado culpa, es porque la fidelidad es importante para mi y no estoy cómodo/a en esta situación”, y alienarse así más fuerte a ese valor en el futuro.
En cualquier caso, se resolvería la disonancia, aunque las consecuencias sean diferentes.
Entender estas disonancias nos ayudan en terapia a
identificar autoengaños,
reconocer contradicciones internas,
facilitar cambios de comportamiento.
Ideas preconcebidas
¿De dónde vienen?
La formación de creencias es un proceso complejo y dinámico donde intervienen diferentes agentes. Pensamos lo que pensamos por influencia de la familia, de nuestro entorno cultural, social, etc.
Por ejemplo, en el ámbito familiar se transmite la idea de ir a la universidad para tener una carrera profesional exitosa, “tienes que obedecer a los mayores” o creencias más ligadas a roles de género como “los hombres no deben llorar”.
En el ámbito cultural se transmiten creencias del tipo “puedes llegar a ser lo que deseas si trabajas duro”; “la familia es lo más importante, pase lo que pase”; o algo que puede ser más reciente es “subir contenido a las redes sociales es algo que mola”.
También nuestro entorno puede fomentar la creación de creencias. “Mi equipo de fútbol es el mejor de la ciudad”; “La gente que viste de una determinada forma no es de fiar”, etc.
Por último tendríamos las que están relacionadas con las emociones: “si no hago lo correcto me pasará algo malo”, culpa; “es bueno preocuparse”, preocupación; “todo pasa por algo”, afrontamiento de pérdida o situaciones complejas.
Como veis, la fuente puede ser muy distinta pero lo que está claro es que las creencias nacen para dar sentido, seguridad y pertenencia, no necesariamente para describir la realidad con precisión. Suelen cumplir una función adaptativa porque mantienen la cohesión mental, reducen la ansiedad y orientan las decisiones.
En la próxima entrada de blog veremos por qué cuesta tanto cambiar de creencias.