Tengo miedo de estar enfermo: cómo funciona la ansiedad por la salud

Un dolor de cabeza que dura más de lo habitual. Una sensación extraña en el pecho. Un pequeño mareo. Un lunar que no recuerdas haber visto antes. En algún momento todos detectamos cambios o sensaciones en nuestro cuerpo y nos preguntamos si podrían significar que algo no va bien.

Prestar atención a nuestra salud es normal y, de hecho, necesario. Si aparece un síntoma nuevo, intenso o persistente, consultar con un profesional sanitario puede ser la respuesta adecuada. Sin embargo, para algunas personas la preocupación no desaparece después de comprobar que todo está bien. La tranquilidad dura unas horas, unos días o unas semanas, hasta que aparece una nueva sensación o una nueva duda y el miedo vuelve a empezar.

“¿Y si esta vez sí tengo algo?”


“¿Y si el médico no lo ha visto?”


“¿Y si las pruebas se hicieron demasiado pronto?”


“¿Y si este síntoma es diferente?”

Cuando este tipo de preocupaciones se vuelven frecuentes y difíciles de controlar podemos hablar de ansiedad por la salud, tradicionalmente conocida como hipocondría.

No se trata simplemente de “imaginar enfermedades” ni significa que las sensaciones que experimenta la persona sean falsas. Para comprender realmente el problema tenemos que observar qué ocurre entre notar una sensación física y llegar a la conclusión de que puede existir una enfermedad grave.

¿En que consiste la ansiedad por la salud?

La ansiedad por la salud se caracteriza por una preocupación intensa relacionada con la posibilidad de padecer o desarrollar una enfermedad. Una persona puede experimentar una sensación corporal relativamente habitual y atribuirle un significado mucho más amenazante, prestar una atención constante a posibles cambios físicos o necesitar comprobar repetidamente que no existe ningún problema.

Esto no significa que todas las personas que se preocupan por su salud tengan ansiedad por la salud. Tampoco significa que acudir al médico o buscar información sobre un síntoma sea necesariamente problemático. La diferencia está, una vez más, en la función que adquieren estas conductas y en el grado en que la preocupación empieza a interferir en la vida de la persona.

La investigación ha encontrado una relación entre la ansiedad por la salud y determinadas creencias disfuncionales relacionadas con la enfermedad. Ante una sensación ambigua, una persona con una preocupación elevada por su salud puede tener mayor tendencia a realizar interpretaciones amenazantes. Además, las personas con ansiedad por la salud suelen describir una mayor sensibilidad hacia sus propias sensaciones corporales, aunque esto no significa necesariamente que sean más precisas a la hora de percibir los procesos fisiológicos de su organismo.

Esta diferencia es importante. Sentir algo con mucha intensidad no significa necesariamente interpretarlo con mayor precisión.

Nuestro cuerpo produce continuamente sensaciones. El ritmo cardíaco cambia, aparecen pequeñas molestias musculares, sentimos cansancio, presión, pinchazos, cambios digestivos o dolores de cabeza. La mayoría pasan prácticamente desapercibidos. Sin embargo, cuando existe miedo a estar enfermo, esas mismas sensaciones pueden adquirir una relevancia completamente diferente.

¿Cuándo una sensación corporal se convierte en una amenaza?

Imaginemos que una persona nota unas palpitaciones mientras está sentada en casa. En principio, existen muchas explicaciones posibles: puede haber tomado café, haber dormido poco, estar nerviosa, haber realizado ejercicio unas horas antes o simplemente estar prestando atención a una variación normal de su ritmo cardíaco.

Sin embargo, si esa persona tiene un miedo intenso relacionado con su salud, puede aparecer rápidamente otra interpretación: “¿Y si tengo un problema en el corazón?”.

A partir de ese momento, la sensación ya no es simplemente una sensación. Se ha convertido en una posible señal de peligro.

La persona comienza entonces a prestarle más atención. Comprueba cómo late su corazón, quizá se toma el pulso o busca información sobre palpitaciones en Internet. Al estar más pendiente de su cuerpo empieza a detectar otras sensaciones que antes probablemente habría ignorado. Puede notar cierta presión en el pecho, una respiración diferente o un pequeño mareo.

Además, la propia ansiedad produce cambios físicos. Cuando percibimos una amenaza, nuestro organismo puede responder aumentando la activación fisiológica. El corazón puede latir más rápido, la respiración puede cambiar y podemos sentir tensión, calor, mareo o molestias digestivas.

Esto genera una situación especialmente difícil: el miedo a que una sensación sea peligrosa puede aumentar la ansiedad y la ansiedad, a su vez, puede generar nuevas sensaciones que parecen confirmar que algo ocurre.

Lo que empezó con unas palpitaciones termina convirtiéndose en una experiencia mucho más intensa y convincente.

Comprobar para tranquilizarnos: por qué el alivio puede durar tan poco

Cuando creemos que podemos estar enfermos es lógico querer salir de dudas. El problema aparece cuando necesitamos comprobar repetidamente nuestra salud para conseguir sentirnos seguros.

Las formas de hacerlo pueden ser muy diferentes. Algunas personas buscan sus síntomas en Internet una y otra vez. Otras observan constantemente determinadas partes de su cuerpo, se toman el pulso o la tensión, comparan síntomas, piden repetidamente a familiares o amigos que les tranquilicen o acuden con mucha frecuencia a diferentes profesionales sanitarios.

También puede ocurrir lo contrario. Algunas personas evitan completamente acudir al médico, hacerse pruebas o incluso escuchar conversaciones relacionadas con enfermedades porque temen descubrir que realmente tienen algo.

Aunque parezcan comportamientos muy diferentes, ambos pueden estar relacionados con la misma dificultad para manejar la incertidumbre sobre la propia salud.

Pensemos de nuevo en la persona preocupada por sus palpitaciones. Después de varias horas de ansiedad decide acudir al médico. Tras la valoración correspondiente, le explican que no se ha encontrado nada preocupante.

Sale de la consulta mucho más tranquila.

Precisamente ese alivio es una pieza importante para comprender cómo puede mantenerse el problema.

Durante un tiempo, la comprobación ha funcionado. Había miedo, se ha buscado una confirmación externa y la ansiedad ha disminuido. Por eso, cuando aparezca otra sensación, es comprensible que la persona vuelva a recurrir a la misma estrategia.

Pero la tranquilidad obtenida mediante la comprobación puede ser frágil cuando el problema de fondo sigue siendo la necesidad de tener certeza absoluta.

Con el paso del tiempo puede aparecer una nueva duda: “¿Y si justo en ese momento no se veía?”, “¿y si debería pedir una segunda opinión?”, “¿y si este nuevo síntoma no tiene nada que ver con lo anterior?”.

Entonces vuelve la preocupación y comienza de nuevo la necesidad de comprobar.

De esta forma puede establecerse un patrón en el que una sensación corporal se interpreta como una posible señal de enfermedad, aumenta la ansiedad, buscamos alguna forma de asegurarnos de que estamos bien y sentimos alivio durante un tiempo. Cuando surge una nueva sensación o una nueva duda, la tranquilidad desaparece y volvemos a necesitar una comprobación.

El problema no es que tranquilizarnos sea malo. El problema aparece cuando sentirnos tranquilos depende de obtener una nueva garantía cada vez que surge una duda.

¿Por qué buscar síntomas en Internet suele empeorar el miedo a estar enfermo?

Internet ha cambiado enormemente nuestra forma de relacionarnos con la salud. Tenemos acceso inmediato a una cantidad prácticamente ilimitada de información médica y consultar una duda puntual puede ser perfectamente razonable. Sin embargo, cuando existe ansiedad por la salud, buscar información puede convertirse en otra forma de comprobación.

Una persona que introduce “dolor de cabeza” en un buscador puede encontrar desde explicaciones completamente benignas hasta enfermedades muy graves. Si ya estamos preocupados, probablemente no todas esas posibilidades capten nuestra atención de la misma manera.

Podemos leer diez explicaciones tranquilizadoras y quedarnos pensando precisamente en la undécima, que menciona una enfermedad grave.

Entonces seguimos buscando.

Persona con un resfriado

Intentamos averiguar cómo es exactamente el dolor asociado a esa enfermedad, qué otros síntomas produce o a qué edad suele aparecer. Quizá encontramos algo que no coincide con lo que sentimos y nos tranquilizamos momentáneamente, pero después aparece otro dato que vuelve a generar dudas.

La búsqueda que comenzó con el objetivo de reducir la incertidumbre termina proporcionando nuevas posibilidades sobre las que preocuparnos.

Esto ayuda a entender por qué decirle a una persona con ansiedad por la salud “simplemente deja de buscar en Google” se queda corto. La cuestión importante no es únicamente eliminar una conducta, sino comprender qué necesidad está intentando resolver esa conducta. Generalmente, lo que se busca no es información por curiosidad, sino la certeza de que no existe ningún peligro.

Y esa certeza absoluta sobre nuestra salud es muy difícil de conseguir.

Tener ansiedad por la salud no significa que los síntomas no sean reales

Uno de los errores más frecuentes al hablar de hipocondría consiste en asumir que la persona está inventando lo que siente.

Las sensaciones pueden ser completamente reales.

Una persona puede tener dolor de cabeza, palpitaciones, molestias digestivas, mareos o tensión muscular y, al mismo tiempo, presentar ansiedad por la salud. La cuestión no está en decidir si “se lo está imaginando”, sino en analizar qué significado atribuye a esas sensaciones y qué ocurre después de percibirlas.

La revisión de la investigación sobre los procesos cognitivos y perceptivos relacionados con la ansiedad por la salud encontró que las personas con niveles elevados de esta preocupación informaban de una mayor amplificación somatosensorial, es decir, tendían a experimentar determinadas sensaciones corporales como más intensas o relevantes. Sin embargo, la evidencia no indicaba que fueran necesariamente más precisas identificando sus propios procesos fisiológicos.

Por eso podemos experimentar una sensación de manera muy intensa y estar completamente convencidos de que significa algo grave sin que esa interpretación sea necesariamente correcta.

La ansiedad también puede hacer que prestemos una atención mucho mayor a nuestro organismo. Algo que anteriormente habría pasado desapercibido comienza a ser observado, comprobado y analizado. Cuanto más lo vigilamos, más presente parece estar y mayor importancia puede adquirir.

Entonces, ¿cómo se trabaja el miedo constante a estar enfermo?

Superar la ansiedad por la salud no consiste en aprender a ignorar cualquier síntoma ni en convencernos de que nunca vamos a enfermar. Ninguna de esas dos cosas sería realista.

Se trata de aprender a relacionarnos de una forma diferente con las sensaciones corporales, las interpretaciones que hacemos sobre ellas y, especialmente, con la incertidumbre.

En terapia puede ser importante identificar qué ocurre cuando aparece una sensación que nos preocupa. Qué interpretación hacemos inicialmente, cuánto tiempo dedicamos a observarla, qué hacemos para tranquilizarnos y cuánto dura esa tranquilidad. Entender el patrón permite empezar a modificar los mecanismos que están contribuyendo a mantenerlo.

También puede trabajarse sobre determinadas creencias relacionadas con la salud y la enfermedad, la tendencia a interpretar de manera amenazante sensaciones ambiguas y las conductas de comprobación o evitación que se han ido desarrollando.

La terapia cognitivo-conductual es precisamente uno de los tratamientos que cuenta con evidencia para abordar la hipocondría y la ansiedad por la salud. Un metaanálisis que reunió 13 ensayos controlados aleatorizados, con un total de 1.081 participantes, encontró que la terapia cognitivo-conductual obtenía mejores resultados que las condiciones de control en la reducción de la ansiedad por la salud tanto al finalizar el tratamiento como durante el seguimiento.

Eso no significa que el objetivo de la terapia sea conseguir que una persona deje de cuidar su salud o que nunca consulte a un médico. Una parte fundamental consiste precisamente en aprender a diferenciar entre cuidar nuestra salud de una forma razonable y vivir constantemente intentando demostrar que no estamos enfermos.

Vivir sin necesitar la certeza de que todo está bien

Quizá una de las partes más difíciles de la ansiedad por la salud sea aceptar que nunca podemos tener una garantía absoluta sobre nuestro cuerpo.

Podemos acudir al médico cuando corresponde, realizarnos las pruebas indicadas, adoptar hábitos saludables y prestar atención a cambios relevantes. Todo eso forma parte del cuidado de nuestra salud.

Pero ninguna comprobación puede garantizarnos que nunca vaya a ocurrir nada.

Cuando necesitamos alcanzar esa seguridad absoluta para sentirnos tranquilos, cualquier nueva sensación puede volver a abrir la duda. Y entonces podemos encontrarnos atrapados en un proceso en el que cada comprobación tranquiliza durante un tiempo, pero también hace que sintamos que necesitaremos comprobar de nuevo la próxima vez.

Por eso, si sientes que pasas mucho tiempo pensando que tienes una enfermedad, observando tu cuerpo, buscando síntomas o necesitando que alguien te confirme repetidamente que todo está bien, puede ser útil mirar más allá de la última preocupación concreta.

Tal vez el problema no sea únicamente ese dolor, esa sensación o esa enfermedad que ahora mismo temes. Puede que exista un patrón de ansiedad por la salud que hace que cada nueva sensación vuelva a activar el mismo miedo.

Comprender cómo funciona ese patrón es uno de los primeros pasos para poder modificarlo.

Si el miedo a estar enfermo está ocupando una parte importante de tu día a día, en terapia podemos trabajar para entender qué está manteniendo esa preocupación y aprender nuevas formas de relacionarte con las sensaciones corporales y con la incertidumbre.

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