¿Por qué me preocupo por todo? Cuándo la preocupación se convierte en ansiedad

Hombre pensando

“¿Y si algo sale mal?”, “¿y si me equivoco?”, “¿y si ocurre algo y no estoy preparado?

Preocuparse forma parte de nuestra vida. Todos pensamos en posibles problemas, anticipamos consecuencias o intentamos prepararnos para situaciones que todavía no han ocurrido. De hecho, la preocupación sirve a una función: nos permite detectar dificultades, planificar qué podemos hacer y tomar decisiones antes de enfrentarnos a determinadas situaciones.

El problema aparece cuando esa preocupación deja de ayudarnos a solucionar algo concreto y empieza a ocupar una parte importante de nuestro día a día. Podemos sentir que siempre existe un nuevo motivo para preocuparnos, que nuestra mente pasa de un problema a otro o que necesitamos anticipar todas las posibilidades para poder estar tranquilos. Incluso cuando aquello que nos preocupaba se resuelve, puede aparecer rápidamente otra cuestión que vuelve a activar el mismo proceso.

Es entonces cuando muchas personas empiezan a preguntarse: “¿Por qué me preocupo por todo?” La preocupación excesiva y difícil de controlar es una de las características principales del Trastorno de Ansiedad Generalizada (TAG). Sin embargo, preocuparse con frecuencia no significa necesariamente que exista un trastorno de ansiedad. Para entender dónde está la diferencia es importante fijarnos no solo en cuánto nos preocupamos, sino también en cómo funciona esa preocupación, hasta qué punto podemos controlarla y qué impacto tiene en nuestra vida.

¿Cuándo una preocupación normal empieza a convertirse en un problema?

Una preocupación normal suele estar relacionada con una situación concreta y, sobre todo, puede ayudarnos a actuar. Si tenemos una entrevista de trabajo la semana que viene, pensar en las preguntas que podrían hacernos puede llevarnos a prepararla mejor. Si tenemos un gasto importante próximamente, revisar nuestra situación económica puede ayudarnos a organizarnos. La preocupación ha cumplido una función: hemos detectado un posible problema y hemos hecho algo al respecto.

Por eso, el objetivo no debería ser dejar de preocuparnos por completo. La preocupación forma parte de nuestra capacidad para anticiparnos a las dificultades y, en determinadas circunstancias, puede resultar adaptativa.

La situación cambia cuando pensar en un problema ya no nos acerca a ninguna solución. En lugar de ayudarnos a decidir qué hacer, cada respuesta genera una nueva pregunta y cada posible solución abre otro escenario que también necesitamos analizar.

En la ansiedad generalizada, además, la preocupación no suele limitarse a un único ámbito. Puede centrarse en el trabajo, la salud, el dinero, la familia, las relaciones, pequeñas decisiones cotidianas o acontecimientos futuros que todavía no han sucedido. La temática puede cambiar, pero el funcionamiento se mantiene: existe una sensación persistente de que hay algo que debemos prever, resolver o mantener bajo control.

Por ejemplo, una reunión importante puede empezar generando una preocupación razonable sobre cómo prepararnos. Sin embargo, podemos pasar de pensar en qué queremos decir a preguntarnos qué ocurrirá si no sabemos responder una pregunta, qué pensarán los demás si nos equivocamos, si eso podría afectar a nuestra imagen profesional o incluso si tendría consecuencias sobre nuestro trabajo. En muy poco tiempo hemos dejado de prepararnos para una reunión concreta y estamos intentando resolver mentalmente una sucesión de situaciones hipotéticas.

Cuando esto sucede con frecuencia, la persona puede tener la sensación de que su mente nunca termina de desconectar.

¿Por qué siento que siempre tengo algo de lo que preocuparme?

Una de las claves para comprender la preocupación constante está relacionada con nuestra forma de detectar posibles amenazas.

La investigación sobre el Trastorno de Ansiedad Generalizada ha encontrado evidencia de que las personas con este problema pueden mostrar una mayor tendencia a dirigir su atención hacia información que perciben como amenazante. En la práctica, esto puede hacer que posibles riesgos, problemas o señales de que algo podría salir mal capten nuestra atención con especial facilidad.

Esto no significa necesariamente que existan más amenazas alrededor de la persona. Lo que cambia es la facilidad con la que determinados estímulos son detectados e interpretados como relevantes.

Podemos imaginarlo como un sistema de alarma especialmente sensible. Su intención es protegernos, pero si se activa ante demasiadas posibilidades, acabamos viviendo en un estado de vigilancia prácticamente constante.

Además, cuanto más acostumbrados estamos a buscar aquello que podría salir mal, más fácil resulta encontrarlo. A esto se le llama sensibilización. ¿Las consecuencias? Una preocupación sobre nuestra salud puede llevarnos a prestar más atención a determinadas sensaciones corporales; una preocupación relacionada con el trabajo puede hacer que analicemos especialmente cualquier comentario de nuestro responsable; y el miedo a cometer un error puede llevarnos a revisar una y otra vez nuestras decisiones.

De esta manera, la preocupación no siempre desaparece cuando resolvemos el problema que la originó. Simplemente puede cambiar de contenido.

La necesidad de anticiparlo todo para sentir que tenemos el control

Muchas veces preocuparse tiene una lógica interna que resulta perfectamente comprensible: si pienso en todo lo que podría ocurrir, estaré mejor preparado.

Anticipar escenarios puede proporcionarnos temporalmente una cierta sensación de control. Podemos sentir que, si revisamos todas las posibilidades, será más difícil que algo nos sorprenda; que si pensamos suficientemente en un problema acabaremos encontrando la solución adecuada; o que prepararnos mentalmente para lo peor hará que resulte más fácil afrontarlo si finalmente sucede.

El problema es que esta estrategia intenta conseguir algo que nunca podemos garantizar por completo: eliminar la incertidumbre.

Podemos preparar una entrevista, pero no saber exactamente qué nos preguntarán. Podemos cuidarnos, pero no tener la certeza absoluta de que nunca enfermaremos. Podemos intentar construir una buena relación, pero no controlar todo lo que sentirá o hará la otra persona.

La investigación sobre la preocupación en el Trastorno de Ansiedad Generalizada ha estudiado precisamente esta aparente función protectora. Algunos modelos proponen que mantener un estado de preocupación puede hacer que la persona sienta que está emocionalmente preparada para una posible experiencia negativa. Si esperamos una noticia importante y durante días pensamos que seguramente será mala, podemos tener la sensación de que estamos preparándonos para recibirla y evitando que nos coja desprevenidos.

Sin embargo, el coste de esta estrategia es importante: para intentar protegernos de un malestar que quizá aparezca en el futuro, mantenemos el malestar en el presente.

Por eso la preocupación puede resultar tan difícil de abandonar. Aunque genere ansiedad, también puede transmitir la sensación de que estamos haciendo algo útil para protegernos.

Preocuparse mucho no significa estar resolviendo un problema

Esta es probablemente una de las diferencias más importantes que podemos aprender a identificar.

Cuando resolvemos un problema, nuestro pensamiento termina conduciendo a alguna acción concreta. Si tenemos que entregar un proyecto el viernes y nos preocupa no llegar a tiempo, podemos organizar las tareas, priorizar aquello que queda pendiente y reservar unas horas para terminarlo. Quizá sigamos sintiendo cierta inquietud, pero hemos utilizado esa preocupación para actuar sobre algo que está dentro de nuestro control.

La preocupación excesiva funciona de otra manera. Podemos empezar preguntándonos si tendremos tiempo suficiente para terminar el proyecto y acabar pensando en qué ocurrirá si no queda perfecto, si nuestro responsable cambiará la opinión que tiene de nosotros, si eso afectará a futuros proyectos o incluso si podría poner en peligro nuestro puesto de trabajo.

Llegados a ese punto, ya no estamos solucionando el problema que tenemos delante. Estamos intentando obtener seguridad sobre acontecimientos futuros que no podemos conocer.

Una forma sencilla de observar la diferencia consiste en preguntarnos si seguir pensando en aquello que nos preocupa nos está proporcionando información nueva o nos está permitiendo tomar alguna decisión concreta. Cuando llevamos mucho tiempo recorriendo los mismos escenarios sin llegar a ninguna acción diferente, probablemente la preocupación ha dejado de cumplir una función práctica.

Esto ayuda también a entender por qué decirle a alguien “no le des tantas vueltas” suele resultar poco útil. La persona normalmente ya sabe que está pensando demasiado. La dificultad está en que abandonar la preocupación puede sentirse, paradójicamente, como dejar de hacer algo necesario para mantener la situación bajo control.

¿Cómo dejar de preocuparse por todo?

Cuando la preocupación se ha convertido en un patrón habitual, intentar eliminar cualquier pensamiento negativo no suele ser la solución. El objetivo tampoco consiste en conseguir que nunca volvamos a preocuparnos, sino en aprender a distinguir cuándo una preocupación nos está ayudando y cuándo estamos intentando conseguir mediante el pensamiento una seguridad que no podemos obtener.

Podemos empezar observando qué hacemos cuando aparece una situación incierta. ¿Existe realmente un problema que podamos solucionar ahora mismo o estamos anticipando algo que podría suceder? Si existe una acción concreta que podemos realizar, probablemente resulte más útil dirigir nuestra energía hacia ella. Si no existe, continuar analizando escenarios puede proporcionarnos una sensación momentánea de control sin acercarnos realmente a ninguna solución. Es por ello que sobrepensar suele alejarnos más que acercarnos.

También puede ser útil prestar atención a determinadas estrategias que utilizamos para tranquilizarnos. Algunas personas necesitan consultar repetidamente una decisión con otras, comprobar determinadas cosas varias veces, buscar información constantemente o repasar mentalmente todas las posibilidades antes de actuar. Estas conductas pueden aliviar la ansiedad durante un momento, pero también refuerzan la idea de que necesitamos estar completamente seguros antes de poder continuar.

Aprender a convivir con cierto grado de incertidumbre forma parte del proceso. No porque debamos resignarnos a que las cosas salgan mal, sino porque aceptar que no podemos controlar todas las variables nos permite dedicar nuestros recursos a aquello sobre lo que sí podemos actuar.

¿Cuándo puede ser recomendable pedir ayuda?

No es necesario esperar a que la ansiedad resulte completamente incapacitante para acudir a terapia. Si la preocupación aparece durante gran parte de los días, resulta difícil de controlar o empieza a afectar al sueño, la concentración, el trabajo, las relaciones o las actividades cotidianas, puede ser un buen momento para consultar con un profesional.

También merece la pena prestar atención a esa sensación de estar permanentemente en alerta, de necesitar anticipar lo que podría ocurrir o de sentirse mentalmente agotado después de pasar gran parte del día pensando en diferentes problemas.

La terapia psicológica puede ayudar a comprender qué función está cumpliendo la preocupación, identificar los patrones que contribuyen a mantenerla y aprender nuevas formas de afrontar tanto los problemas reales como la incertidumbre inevitable de nuestra vida cotidiana.

Desde la psicología basada en la evidencia contamos con intervenciones eficaces para trabajar la ansiedad generalizada. El objetivo no es conseguir una vida en la que nunca aparezca una preocupación. Se trata de recuperar la capacidad de decidir cuándo merece la pena prestar atención a una preocupación y cuándo podemos permitir que esté ahí sin tener que resolverla inmediatamente.

Nuestra capacidad para anticipar dificultades es útil: nos permite planificar, protegernos y tomar decisiones. Pero esa misma capacidad puede convertirse en una fuente importante de sufrimiento cuando intentamos utilizarla para conseguir certeza absoluta sobre el futuro.

Si sientes que, cada vez que consigues resolver una preocupación, aparece inmediatamente otra, quizá la pregunta no sea únicamente “¿cómo puedo dejar de preocuparme por todo?”, sino también “¿por qué necesito sentir que todo está bajo control para poder estar tranquilo?”.

Comprender ese patrón puede ser un primer paso para empezar a relacionarnos de otra manera con la preocupación y la incertidumbre.

Si la preocupación constante está afectando a tu bienestar o a tu día a día, en terapia podemos trabajar para comprender qué está manteniendo esa ansiedad y desarrollar herramientas adaptadas a tu situación.

Pide cita



Siguiente
Siguiente

Por qué romper con lo familiar cuesta tanto